top of page

¿Por qué lloramos más por un penal fallado que por un país mal gobernado?

  • efectoparallax5
  • hace 1 día
  • 2 min de lectura

Es un contraste absurdo y revelador: en el fútbol, un espectáculo que en el fondo no determina nuestro futuro, la gente exige excelencia absoluta. Quiere jugadores experimentados, con miles de horas de cancha, táctica dominada y resultados comprobados.


Cualquier novato es recibido con escepticismo y debe demostrar su valía rápidamente.En cambio, en política —el terreno que sí define nuestro salario, seguridad, educación y calidad de vida— una enorme parte de la sociedad celebra y vota por “outsiders” o novatos alejados del sistema.


No necesariamente jóvenes, sino personas sin experiencia previa en cargos públicos.


Esta preferencia no surge de la nada. Décadas de políticos profesionales convertidos en expertos en enriquecimiento ilícito, pactos oscuros y promesas incumplidas han generado una profunda desconfianza.


Muchos ven en la “experiencia política” solo un sinónimo de corrupción, impunidad y gente viviendo cómodamente del dinero público sin rendir cuentas.


Sin embargo, rechazar toda experiencia es un error peligroso. La política es una de las actividades más complejas que existen: exige conocimientos de administración, economía, derecho, psicología social, negociación, comunicación y liderazgo. No es un oficio para improvisados. Cuando personas sin preparación ni bagaje moral llegan al poder, suelen cometer errores graves, frustrarse y, en muchos casos, terminar reproduciendo los vicios que criticaban.El problema se agrava porque las campañas electorales premian la mentira. El candidato que habla con crudeza y realismo (“esto es lo que sí se puede hacer”) casi siempre pierde frente al que promete soluciones mágicas y felicidad inmediata. Así, el que dice la verdad suena poco ambicioso, y el que miente parece visionario.Mientras tanto, la pasión nacional se desborda en el estadio. La gente sufre, llora, insulta y hasta reza por un equipo de fútbol. Analiza estadísticas, trayectoria de jugadores y estrategias con verdadera devoción. Pero cuando sube el precio de la gasolina, falla el transporte o empeora la inseguridad, el enojo dura poco: se desahoga en redes y luego vuelve a la resignación. Esta conducta es profundamente ilógica. Le exigimos más rigor a un delantero que ni conocemos que a quien va a manejar billones de pesos y decidir leyes que nos afectarán por años.Nos hemos acostumbrado a la idea de que “todos los políticos son iguales”, lo que nos ha llevado a la pasividad y al abstencionismo. Y así, paradójicamente, terminamos eligiendo a los peores. Hace falta un giro cultural urgente. Necesitamos exigir políticos con verdadera capacidad técnica y, sobre todo, con integridad moral probada. Pero también una ciudadanía que deje de ser solo espectadora y se vuelva protagonista: participando, vigilando, formando nuevos cuadros y rechazando el voto por enojo o por carisma vacío.Gobernar nunca será fácil. Es imposible complacer a todos, y quien llega siempre carga con los errores de los anteriores. Por eso, el político honesto debe tener el valor de decir lo que realmente se puede lograr, aunque suene menos espectacular.Al final, el cambio no vendrá solo de arriba. Si la sociedad sigue más interesada en el marcador del fútbol que en el rumbo del país, seguiremos condenados a repetir los mismos fracasos. Es hora de trasladar esa exigencia y esa pasión que sentimos por el balón hacia lo que verdaderamente importa: la construcción de un mejor país. Nadie lo hará por nosotros.

Comentarios


bottom of page